Información Municipal > La Fiesta de hace más de medio siglo - Emilio Gimeno

 

LA FIESTA DE HACE MAS DE MEDIO SIGLO 

Por aquel entonces, cuando se aproximaban las fiestas patronales de los pueblos, la tarea se les acumulaba a los sastres y modistas, pues para estrenar ly lucir traje o vestido, el mejor día era el de la gran solemnidad, en los tiempos actuales, la primorosa labor de aquellos artesanos ha quedado case en desuso, debido al "pret-a-porter" de los grandes almacenes, de los que sale vestido cualquier ciudadano en un santiamén.

Las fiestas del Santísimo Cristo de la Sed siempre han congregado a los naturales y descendientes de Algimia, residentes en otros lugares geográficos. Llagada la víspera, cuando el automóvil particular era un lujo de minorías, el coche de pasajeros efectuaba tres viajes a Segorbe por la mañana y otros tantos por la tarde, para recoger a los viajeros que llegaban en el tren o en los autobuses de Valencia y Castellón. Los familiares del pueblo salían "a esperar" a los que venían: saludos, besos, abrazos y a contarse con impaciencia las novedades de unos y otros.

En el mediodía del sábado, el volteo de campanas y unos cuantos cohetes eran el anuncio del inicio de los festejos. Al atardecer, aquella entrañable banda municipal, bajo la batuta de don Francisco Noguera (secretario de profesión y gran músico vocacional) daban un pasacalle jovial. Proseguía el rosario por las calles, cantado con acompañamiento de música. Ya cumplida la cena, había disparada de cohetes borrachos y, después, el vecindario se reunía en la plaza de la Fuente con el ánimo de asistir a la serenata bailable; dos bombillas "de cien" reforzaban la iluminación del recinto: un verdadero alarde luminotécnico para los tiempos que corrían.

A poco de amanecido el domingo de la fiesta grande, los músicos recorrían la población con los alegres sones de la diana. Había misa primera y, luego, la misa solemne; ésta con revestida de curas, elocuente predicador, coro con instrumental, gentío, estrenos de ropa, perfumes femeninos y abanicos. Ya terminado este acto religioso, la música interpretaba un par de piezas en la plaza de la iglesia.

Las amas de casa se apresuraban a preparar la paella en sus hogares; otros acudían al café de Adelaida o al de Encarnación para tomar el vermout de garrafa, acompañado con unas tapas de aceitunas sevillanas o de anchoas en aceite, consideradas entonces como un sibaritismo infrecuente; también solían traer café helado, un deleite más para el paladar. 

Se comía -las casas más pudientes sacrificaban pollo de corral- y , tras el café, otra vez al baile de la plaza; alternaban el "baile cogido" con el "baile suelto", que así es llamado el folklore típico de aquí; los jóvenes refunfuñaban si éste se prolongaba demasiado. Mientras los curas paseaban por lugares recoletos, alejados del mundanal ruido y tratando sus asuntos de la clerecía. Antes de la cena, salía la procesión del Cristo en un ambiente fervoroso, entre capas sacerdotales, cirios de las autoridades, velas del vecindario, arpegios metálicos y gentes que cumplían promesas por favores recibidos del Crucificado de la Sed.

Cena, fuegos artificiales con voladores y ruedas sujetas a cabios, siendo la "rueda chufladora" (que al final se soltaba de su mástil) la más celebrada por los espectadores. Continuaba la velada con otra serenata de baile a los acordes armoniosos de la banda del pueblo.

Al día siguiente, lunes de almas, los festejos tenían continuidad de modo similar al día anterior, con supresión del castillo de fuegos y del concierto nocturno que, por respeto a los difuntos quedaba suprimido.

 El martes, se hacían las "barrenas" con maderamen rústico y los entablados para los toros. Muchos iban de paella a la fuente de la Calzada. al filo de la tarde, los más andariegos marchaban al encuentro del corro que venía por el camino rural de Alcudia entre sones de cencerros. 

DIAS DE TOROS

Como aun es tradicional, las fechas taurinas tenían su celebración entre miércoles y sábado, ambos inclusive. Estos festejos brindaban la ocasión para merendar con los amigos y familiares, para jugar una partida del alto nivel en el café o para concertar tal o cual negocio con visitantes de otros pueblos.

El corro, que hacía su desplazamiento a pie por trochas y cañadas, permanecía estacionado en los alrededores de Algimia durante los cuatro días, no como ahora que vienen transportados en camiones, más propios para llevar ganado transhumante que para la conducción de reses bravas. Cada jornada de toros tenía comienzo alrededor del mediodía; en el río, los pastores, ante una multitud de curiosos, "estajaban" los toros y vacas destinados para el día. Desde la calle del Abrevador hasta la plaza, se hacía la "entrada" -encierro en otras latitudes- en la que corrían los mozos detrás y delante de las bestias. Luego, continuaba la "prueba" de dos o tres vaquillas hasta la hora de comer. Sobre las cinco de la tarde, se reanudaba la suelta de bichos en plaza cerrada. Los dulzaineros de Almedíjar amenizaban el espectáculo con tambor yl dulzaina. Se corría el mejor toro en el cuarto lugar de la tarde. A continuación, había un tiempo de descanso para merendar; estas meriendas tenían mucho tipismo, los comensales se reunían en bares y tabernas para dar cuenta de la pitanza: escabeches, sardinas de bota, cacaos, altramuces, ensaladas y aceitunas negras, todo esto bien regado con vino peleón, servido en barrales. La vaca que continuaba después de la merienda tenía un mayor número de toreros ocasionales que, animados por la euforia del vinazo, protagonizaban las situaciones más cómicas y algún que otro revolcón.

Sólo se celebraba un toro embolado en la noche del sábado como cierre de fiestas. Estas noches traían el jolgorio al pueblo; la gente forastera cenaba a modo en los establecimientos del ramo y, como la algazara sale des estómago, las calles y plazas se llenaban de grupos ruidosos que cantaban o hacían extravagancias regocijantes. Las mujeres, muy en su sitio de palcos y balcones, daban a este momento nocturno un atractivo fascinante. Tras la emoción de la "embolada", el toro recorría ciertas calles del pueblo con las dos antorchas encendidas, haciendo vibrar su collar de cascabeles y dejando una humareda de alquitrán quemado por donde pasaba. 

Al siguiente día, domingo, desmontaban las talanqueras de la plaza y el pueblo quedaba como sumido en un marasmo encalmado. Se reanudaban los apretones de manos, los besos y loas abrazos -ahora para despedir a los que se ausentaban- con la esperanza de volverse a reunir al años siguiente. 

Emilio Gimeno